¿CANONIZARÁ EL PAPA FRANCISCO AL
PADRE ARRUPE?
Juan Arias
Me han llegado noticias desde
Roma, según las cuales, Francisco, el primer jesuita que llega al pontificado
en la historia de la Iglesia, podría ser el que canonizara al jesuita vasco,
Pedro Arrupe, que siendo General de la Compañía tuvo un serio enfrentamiento
con el entonces papa Juan Pablo II.
El papa polaco, que era sostenido
por el Opus Dei, acusaba a Arrupe de haber llevado a los jesuitas a la
izquierda, sobre todo en América Latina, y un día lo llamó y le pidió que se
arrodillase a sus pies.
Cuando Arrupe se enfermó, a pesar
de que el cargo de General entre los jesuitas es vitalicio, como el del papa,
pidió a Juan Pablo II permiso para retirarse. El papa que temía que los
jesuitas pudieran elegir a otro en la línea liberal y abierta de Arrupe, le
negó la petición y le colocó para seguir guiando a la Compañía a un
representante suyo.
Los jesuitas entonces
obedecieron, como es su lema, pero consideraron aquella intromisión autoritaria
de la Santa Sede como una "ley marcial vaticana"
Ahora se especula que el papa
Francisco podría ser quien canonizara al papa Wojtyla, que tantos disgustos dio
a la Compañía, pero que al mismo tiempo abriría el proceso de beatificación del
padre Arrupe.
Se trataría de una coincidencia
histórica y simbólica. Y a Francisco le gusta el lenguaje de los símbolos.
Tuve ocasión de poder tratar
personalmente al padre Arrupe durante más de un mes, en el momento en que sus
relaciones con Juan PABLO estaban al rojo vivo.
Trabajaba yo entonces en la
RAT-TV italiana que había inaugurado un programa, de los primeros hechos a
color, con el título "Una hora con". Era una hora de programa con un
personaje famoso, para hacer de él un retrato completo.
La RAI me encargó de hacer uno de
los capítulos del nuevo programa con el padre Arrupe, con el título: "Una
hora con el papa negro". Al general de la Compañía de Jesús se le llama
aún "papa negro", porque hubo tiempos en la Iglesia en que el jefe de
los jesuitas emulaba en poder, dentro de la Iglesia, al papa blanco. Es sabido
además que el jefe de los hijos de Ignacio de Loyola es el único General de
congregaciones y órdenes religiosas nombrado vitaliciamente, como el papa. Y
los jesuitas son los únicos religiosos de la Iglesia que además de los tres
votos de pobreza, castidad y obediencia, profesan un cuarto voto de obediencia
incondicional al papa.
Ahora que se habla de la
posibilidad de beatificar a Arrupe he querido traer a mis lectores un recuerdo
personal de las semanas que pasé con él para elaborar aquel programa para la
RAI. Fueron muchas horas, lo que nos llevó a poder compartir algunas ideas
personales.
Me acompañaba para realizar el
programa, un equipo de técnicos de la RAI. Eran todos agnósticos y algunos
ateos convencidos. Cuando les dije que íbamos a filmar a Arrupe, dentro de la
Casa Generalicia de los jesuitas en Roma, donde era tan difícil entrar, se
frotaron las manos. "Nos vamos a divertir un mundo", comentaron.
Los primeros días de la
entrevista fueron tranquilos. Arrupe era una persona de una afabilidad extrema.
El New York Times lo comparó al papa Juan XXIII. Tenía una luz en sus ojos que
chocó enseguida a los técnicos de la televisión.
Poco a poco se fueron soltando y
uno llegó a preguntarle si era cierto lo que se decía que los jesuitas eran
"hipócritas". Arrupe sonrió y le respondió amable:
"Desgraciadamente, muchas veces lo somos". Y allí acabó la
provocación.
Hubo un día en el que el grupo de
técnicos de la RAI quedó especialmente impresionado. Fue cuando yo abordé con
Arrupe el tema de la muerte. Habló con tal naturalidad de aquel "viaje
definitivo", como él lo llamaba, como la cosa más natural del mundo sin
dramatismos ni misticismos. Solo se sentía en aquel momento el rumor de la
cámara filmando.
Nos habló después Arrupe de su
experiencia en Japón donde se encontraba el 6 de agosto de 1945 cuando explotó
la bomba atómica. Arrupe era médico. Estaba entonces a cargo del Noviciado de
los jesuitas y abrió sus puertas para llevar allí a los heridos y quemar a los
muertos para evitar contaminaciones.
Contó de la entereza de los
japoneses a los que llegó a operar con unas tijeras de cocina, sin anestesia,
sin que se les escapara un grito de dolor.
Dicen que fue aquella experiencia
de muerte lo que "cambió el alma" de Arrupe, que ya no sería igual
después de la tragedia de Hiroshima, vivida en primera persona.
Lo que puedo testimoniar es que,
acabado el programa, los técnicos no querían separarse de Arrupe.
Uno de ellos que tenía a una hija
gravemente enferma y que era al inicio el que más presumía de ateo y pretendía
divertirse con el General de los jesuitas, llegó a llevar, de escondidas de sus
colegas, a la Curia generalicia, una carta pidiendo a Arrupe que "rezara
por ella". Le incluyó en la carta una foto de la muchacha.
Arrupe, por lo que pude saber de
él en aquellas largas semanas de convivencia con él, tenía la convicción de que
el Concilio, que había hecho perder a la Compañía unos siete mil jesuitas, fue
el que acabó cambiándola.
Una mañana que no pudimos filmar
porque el programa era a color y empezó a llover, me quedé a solas con él y me
contó que después del Concilio Vaticano II, la Compañía que él dirigía, viendo
actuar al Opus Dei, era como mirarse al espejo para decir: "Así fuimos y
así no podemos seguir siendo". Se refería a que la Compañía estaba antes
del Concilio más interesada y preocupada con las élites de la sociedad que con
los pobres.
Y fue entonces cuando Arrupe
abrió la Compañía a una "revolución social", permitiendo a sus
religiosos mojarse en los movimientos de liberación política de América Latina,
que para Juan Pablo II era llevarles "a la izquierda".
Aquello costó a la Compañía caro.
Vio a muchos de sus sacerdotes perseguidos y asesinados por los escuadrones de
la muerte organizados por los militares.
Hoy, es un papa jesuita, del
continente de las Américas, el que pide a la Iglesia que salga de sus palacios
y se vaya a mancharse de barro a la periferia del mundo como él lo hacía en
Buenos Aires.
De haber estado vivo, Arrupe no
habría necesitado arrodillarse a los pies de Francisco para pedir perdón por
haber querido, más de 40 años antes, hacer con la Compañía, lo que Francisco
exige hoy de la Iglesia.
Nada, pues, de extrañar que pueda
ser el primer papa jesuita quien coloque a los ojos del mundo, como ejemplo de
santidad, a aquel jesuita vasco que hoy no creería a sus ojos, viendo lo que
sus hermanos de hoy están viendo: un papa que ha rechazado los palacios
pontificios para vivir en un hotel para religiosos, donde le es más fácil
encontrarse con sacerdotes y obispos que llegan de la periferia de la Iglesia
con los que nunca se habría encontrado de vivir encerrado en los palacios
vaticanos.
Hay quien afirma que no todos los
jesuitas hoy están sin embargo felices con la "revolución" del papa
Bergoglio. Quizás lo hubiesen deseado más jesuita y menos franciscano. Lo
ignoro.
Arrupe era entonces un jesuita
genuino, pero con corazón franciscano.
Fue aquel corazón franciscano que
había sentido el horror del mundo en Hiroshima y se había llenado de compasión,
lo que entonces conmovió a mis colegas ateos de la RAI.
"Para mí las personas no se
dividen en creyentes y ateos", me dijo cuando le alerté que los técnicos
de la RAI eran agnósticos, y añadió: "A mí me interesa todo lo que de
humano hay en el mundo. Estamos todos amasados del mismo barro". Y fue
aquello lo que sintieron entonces mis compañeros de la televisión italiana.
Y ese era el Arrupe que yo
conocí.
Disponible en: http://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/3663-canonizara-el-papa-francisco-al-padre-arrupe?.html

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