El P. Pedro Arrupe tuvo un efecto enorme en mi vida personal.




Pedro Arrupe tuvo probablemente más influencia en la Iglesia Católica que cualquier otro eclesiástico del siglo pasado- incluyendo a los papas. El Servicio Jesuita de Refugiados fue uno de sus grandes legados, aunque yo no lo considero el mayor. Fue la última cosa importante que hizo, pero yo diría que su legado más importante fue convocar la Congregación General nº 32 (CG 32), el organismo de más autoridad que los jesuitas pueden convocar, que dotó de nueva identidad y propósito y redefinió el papel de los jesuitas en la era moderna. Por este motivo, algunos, y correctamente, le llaman “el fundador de la Sociedad moderna.”
La importancia de la CG32, que el P. Arrupe convocó en 1974 para que comenzara el año siguiente, no puede ser subestimada. Trajo a los jesuitas a la edad moderna. Hasta entonces, como otras muchas congregaciones religiosas, la Compañia de Jesús no había asumido plenamente el Concilio Vaticano II de una manera seria. Arrupe sintió que su tarea principal era ayudar a los jesuitas de todo el mundo a renovarse, según el Concilio Vaticano II, y eso es lo que se dispuso a hacer. Al hacerlo, tuvo también una enorme influencia sobre la mayoría de las otras órdenes religiosas. Durante cinco periodos de tres años fue elegido Presidente de las Congregaciones Religiosas en Roma, y muchos de sus Generales solían venir a verle a la Curia. Su renovación de los jesuitas influyó en muchas otras órdenes religiosas que hasta entonces habían estado bastante desconectadas con el mundo moderno.
El P. Arrupe condujo a la Sociedad por una nueva ruta que le puso en contacto mucho más estrecho con los problemas y necesidades del mundo de hoy. Su relevancia surge del hecho de que estas necesidades no han disminuido, sino que se han incrementado desde su muerte. La redefinición de la Sociedad fue expresada especialmente en el famoso Decreto 4 de CG32, que decía:
“La misión de la Sociedad de Jesús es hoy el servicio de la fe, para lo cual la promoción de la justicia es una necesidad absoluta”. Esto era un nuevo reto que incluso condujo a una definición de lo que es ser un Jesuita: “¿Qué significa ser un compañero de Jesús hoy? Es comprometerse, bajo el signo de la Cruz, en la batalla crucial de nuestra época: la lucha por la fe y la lucha por la justicia que ésta incluye.”
Uno de los colaboradores más cercanos del Padre Arrupe, el P. Vincent O’Keefe, que se convirtió en Vicario General tras su muerte, dice que:
“En 1974, Pedro Arrupe llegó a una firme convicción que nunca le abandonaría – que le fe religiosa, para ser evangélica de verdad, tiene que ser promover la justicia y oponerse vigorosamente a las injusticias, a la opresión y a demonios sociales como la pobreza, el hambre, y a toda forma de discriminación racial”.
En su libro “Arrupe: testigo del siglo XX, profeta del XXI”, Pedro Miguel Lamet escribió que
“la importancia de la decisión tomada en 1975 en Roma se manifestaría en años posteriores en muchas acciones y opciones, en los martirios de más de 90 jesuitas asesinados en países del Tercer Mundo, en las actividades de los jesuitas con los refugiados, agricultores pobres y personas socialmente marginadas, en la consiguiente defensa de sus derechos. A causa de sus consecuencias eclesiásticas y sociales”, Lamet concluía, “esta Congregación (CG32) fue quizás el paso más importante y decisivo de los tomados durante toda la vida de Arrupe.”
La primera colección de escritos del P. Arrupe, “A Planet to Heal”, (“Este planeta que hay que curar” ) fue recopilada por John Harriott y publicada en 1977. En ella, Harriott describió a Arrupe como “probablemente uno de los Generales más genuinamente admirados y amados de la historia jesuita.” Escribió sobre su personalidad “directa, sincera y modesta” y comentó que “poca gente puede irse de su presencia sin sentirse con más energía y alegría”. Durante los 23 años en los que conocí y trabajé con P. Arrupe, ciertamente vi que ese era el caso: te hacía sentir entusiasmo. Sentías simpatía por él y por sus ideas. Tenía “don de gentes” y cualquiera que trataba con él quedaba impresionado no sólo por el hombre sino por su espíritu.
Arrupe era un hombre muy sociable, muy activo y muy inteligente. Era sin duda un hombre de ideas. Su sucesor como general, P. Peter-Hans Kolvenbach, afirmaba que era “uno de esos hombres que no necesitan palabras para comunicarse; su mera presencia proclamaba el mensaje de un hombre enviado por el Señor para ayudar a la Sociedad a renovarse según el espíritu del Concilio Vaticano... Quería que la Sociedad se convirtiera en un instrumento apostólico por medio de todo el espíritu renovador– con todas las pruebas y errores, críticas y malentendidos que esta renovación implicaba”.
En 1938, después de que hubiera sido ordenado, Arrupe fue enviado a Japón, una experiencia que tuvo una profunda influencia sobre él. Mientras estuvo allí, intentó comprender no sólo el lenguaje sino también la cultura de la gente con la que trabajaba: su énfasis sobre inculturación fue una de sus principales contribuciones a la Sociedad. Reconoció la importancia de que los misioneros aprendieran no solo la lengua sino también la cultura y formas de pensar de la gente de la que eran misionarios. Y él mismo proporcionó un excelente ejemplo de ello: “Se hizo japonés.”
También fue un hombre que oraba. Un hombre santo. Era un hombre de profunda oración y esto se notaba cuando hablabas con él. Recuerdo cuando estaba hablando del retiro que realizó justo antes de ser nombrado General [en 1965], y que me impresionó vivamente en aquel entonces… Contó con toda claridad cómo, en su retiro, se había esforzado en escuchar la voz de Dios y cómo tendría que seguirla a lo largo de su vida para realizar un buen trabajo como General. Era de verdad un hombre de profunda oración y eso tuvo una gran influencia en la forma en que hacía las cosas y en la manera en que aceptaba la tarea de ser General.
Yo me encontraba en la Curia en Roma en la época de los refugiados vietnamitas. Los consejeros del General le dijeron: Tenemos que hacer algo sobre este problema. Arrupe asintió. Al discutir sobre la gente de los botes vietnamitas, la reacción inmediata de Arrupe fue: Si San Ignacio viviera hoy, ¿Qué haría? Fue en ese momento cuando me convocó. Me encargó la tarea de redactar una carta para toda la Sociedad, que él firmo, sin apenas cambiar nada, estableciendo el Servicio Jesuita de Refugiados. Así que él me dio la tarea y yo escribí la carta. Tuvo un efecto inmediato en la Sociedad: los provinciales respondieron de forma muy positiva a la carta – ofreciendo hombres, ofreciéndose a acoger a refugiados, haciendo toda clase de ofertas. Y después, por supuesto, tuvo un efecto global, donde muchas otras congregaciones religiosas imitaron al Servicio Jesuita de Refugiados, servicio que todavía continúa y sigue creciendo hoy en día. Arrupe estaba profundamente influido por San Ignacio y sus enseñanzas. Conocía los escritos de San Ignacio de memoria, como la palma de su mano, y esto afectaba a todo lo que hacía y decía.
El Padre Arrupe pasó diez años muriéndose en nuestra pequeña clínica de la Curia en Rome. Antes de que perdiera por completo sus capacidades y ya no pudiera expresarse más, le dijo a la gente muchas veces que él lo aceptaba y que se estaba preparando para la muerte: esto era lo que Dios quería que hiciera y él dio un ejemplo extraordinario.
Tuve el privilegio de presidir lo que resultó ser la última reunión activa del Padre Arrupe como General, que tuvo lugar en Bangkok en la Festividad de la Transfiguración, en 1981. Al final, dio una charla improvisada, que afortunadamente fue grabada por un sacerdote de la India. Sólo al escuchar la cinta el día siguiente, después de suderrame celebral en el aeropuerto de Roma, me di cuenta de la importancia de su insistencia en la necesidad de la oración, lo que declaró ser su “canción del cisne para la Sociedad”. Recuerdo que usó la expresión en español canción del cisne que yo tuve traducir por él. Nos preguntamos si tuvo alguna premonición de la sucedería al día siguiente.
En la CG32– la última Congregación General en la que habló– Arrupe describió su experiencia personal en la Curia cuando estaba todavía enfermo. Y dio ese notable discurso que fue escrito y leído en español: Yo tuve que dar la versión en inglés. Es un documento muy conmovedor que provenía directamente del mismo Arrupe. Dijo: “Desearía expresarme con vosotros mejor de lo que me es posible hoy”, y después habló sobre la experiencia con su enfermedad. Aceptaba su enfermedad como la voluntad de Dios para él y para la Sociedad.
El P. Arrupe pasó diez años en la clínica de la Curia, muriendo lentamente. Al principio no conocíamos la seriedad de su enfermedad e incluso esperábamos su recuperación. Yo ejercí de traductor en las reuniones, incluyendo una con Son Sann, el antiguo Primer Ministro de Kampuchea (Camboya) Había venido a agradecerle el trabajo de los jesuitas en los campos de refugiados de la frontera tailandesa. Hablaba en francés y Arrupe respondía en español, que yo traducía. Pero pronto fue obvio que sus palabras no tenían ningún sentido y yo tuve que inventarme lo que imaginaba que a él le gustaría decir – ¡esperando que no se me acabaran las ideas!
Algo que el P. Arrupe apreciaba en los primeros días de su enfermedad era visitar los refugiados de Eritrea a los que estábamos intentando ayudar en el Centro Astalli, el Centro del Servicio Jesuita de Refugiados en Roma, bajo las antiguas habitaciones de San Ignacio. Le llevé en coche allí en varias ocasiones y también a un campo que establecimos en un barrio pobre de la ciudad, siempre acompañado por su fiel enfermero.
El P. Pedro Arrupe tuvo un efecto enorme en mi vida personal. Fue él quien me envió a Latinoamérica, quien me dio mi primer trabajo, estableciendo el Instituto en Guayana. Y después me llamó a Roma, donde trabajé con él de forma muy cercana. Mi principal sentimiento cuando le recuerdo es gratitud. No puedo agradecerle suficientementepor el tremendo efecto que tuvo en lo que yo hice como jesuita y la influencia que, como General, ejerció sobre los jesuitas. ¡Él fue verdaderamente el fundador de la moderna Compañia de Jesús!
P. Michael Campbell-Johnston SJ
Fuente: http://www.jesuit.org.uk/es/calendar2014/month/febrero

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