Y la gente
rompió a aplaudir. Una ovación cargada de sentimiento que pareció sorprender y
emocionar al Padre General, que había dejado el anuncio para el final. El
evento era un encuentro en Bilbao con trescientos laicos y jesuitas del norte
de la Provincia de España, principalmente de la PAT Loyola, tierra natal de
Arrupe.
Estamos
todavía en el inicio del proceso, pero el cardenal vicario de Roma, Angelo de
Donatis, ha dado el visto bueno a que la diócesis de Roma —donde falleció
Arrupe— abra el proceso de beatificación. El Padre General pidió rezar por ello
y la colaboración de cualquier persona que tenga información útil sobre la
devoción a Arrupe, «un hombre de verdad arraigado en Cristo y entregado a la
misión, cuyo mayor milagro es que estemos hoy aquí».
Antes de ese
anuncio, el Padre General ofreció una charla en la que desgranó los principales
retos a los que se enfrentan la Iglesia y la Compañía de Jesús. Desde una
perspectiva de Iglesia, invitó a mirar la secularización como un oportunidad
para «liberarnos de ser cristianos automáticamente». Señaló como desafío para
la Iglesia «encarnar el Concilio Vaticano II», algo a lo que está respondiendo
el papa Francisco. Apostó por la interculturalidad y la diversidad, así como
por una Iglesia de comunidades abiertas a la situación real de las personas en
ámbitos como la familia, el matrimonio, la orientación sexual, etc. Una Iglesia
que sea capaz de escuchar a los jóvenes.
Para la
Compañía de Jesús destacó, en primer lugar, la necesidad de «hacer vida la
reconciliación de la que habla la Congregación General». También «crecer en
sentirnos un mismo cuerpo», asumiendo que «cuando decimos 'cuerpo de la
Compañía' no hablamos solo de los jesuitas». También animó a «crecer en
cercanía a los pobres» por ser la cercanía a los pobres «la mirada de la fe, la
mirada de Cristo».
Desde una
perspectiva más institucional, habló de la importancia de la planificación
apostólica desde el discernimiento en común. Y respecto a las vocaciones a la
Compañía de Jesús, advirtió de que «es el Señor quien llama» y «a nosotros nos
toca crear las condiciones para que se le escuche». Es la calidad de las
comunidades cristianas la que hace que sean posibles las vocaciones a la vida
cristianas, y, de igual manera, «es la calidad de las comunidades jesuitas
—calidad apostólica, el que hagamos lo que decimos— lo que hace posible que
haya vocaciones jesuitas».

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