Ha sido una suerte, un
privilegio, haber tratado a una estrella que brilla más y más cada día que
pasa. Son innumerables los escritos sobre el Padre Arrupe y sobre su influencia
en la Compañía de Jesús, en la Iglesia Católica y en la sociedad. Esa amplia
dimensión socio-religiosa es la que me obliga a testimoniar algo muy sencillo,
pero real, que se añada a su biografía, a las ricas facetas de su personalidad.
“Una persona, un colectivo, una
institución (iglesia incluida) que no pregunta, no se pregunta y no se deja
preguntar, son realidades terminadas. En el mejor de los casos, piezas de
museo. La expresión más viva de la fe no es la afirmación, sino la pregunta.
Desde la fe como seguridad profunda, el creyente se atreve a preguntar a Dios:
¿Por qué...? ¿qué quieres...? y por supuesto, al ser humano ¿qué te pasa?, que
es otra manera de preguntar a Dios”.
La cita es de un corto artículo
del recientemente desaparecido Ignacio Iglesias, S.J., asistente general e
íntimo colaborador del P. Arrupe. Es una evocación del sentir del mismo Arrupe.
Los que vivimos el Vaticano II y
el postconcilio tenemos una idea – sólo aproximada – de lo que supuso Arrupe en
Roma y en Occidente. Arriesgadísima fue la elección a Prepósito General de la
Compañía en 1965. Muchos participantes lo votaron pensando superficialmente en
la aplicación del Concilio. Algunos le votaron convencidos de que el espíritu
jesuítico seguiría inmutable. Nadie sospechaba que Arrupe, en 1974, iba a
impulsar la naciente Teología de la Liberación. A partir de entonces,
estatutariamente, los jesuitas – así denominados por primera vez en documento
oficial - dejarían de privilegiar a las élites para centrar sus preferencias en
los pobres y desvalidos. Y, sin embargo, nada nuevo. Es lo que hizo Jesús en
Galilea y Judea durante su corta vida pública.
Así reza el Decreto 12 de la
Congregación General N. 32:
“Nuestra Compañía no puede
responder a las graves urgencias del apostolado de nuestro tiempo si no
modifica su práctica de la pobreza. Los compañeros de Jesús no podrán oír “el
clamor de los pobres” si no adquieren una experiencia personal más directa de
las miserias y estrecheces de los pobres”.
“Es absolutamente impensable que
la Compañía pueda promover eficazmente en todas partes la justicia y la
dignidad humana si la mejor parte de su apostolado se identifica con los ricos
y poderosos o se funda en la seguridad de la propiedad, de la ciencia o del
poder”.
“Sentimos inquietud a causa de
las diferencias en la pobreza efectiva de personas, comunidades y obras”.
“En este mundo en que tantos
mueren de hambre, no podemos apropiarnos con ligereza el título de pobre.
Debemos hacer un esfuerzo por reducir el consumismo; sentir efectos reales de
la pobreza, tener un tenor de vida como el de las familias de condición
modesta”.
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La Compañía siempre había
dedicado lo mejor de sí a los poderosos. El citado texto de la Congregación
General 32 lo reconoce y evidencia. Nunca dejó de lado a los pobres, pero ésta
era una dedicación marginal y menos comprometida. Fue con Arrupe cuando se
produjo el cambio, un histórico vuelco en las prioridades de la evangelización.
Un cambio que está en marcha. Que produjo y produce mártires. Que creó y
profundizó un enfrentamiento entre la cúpula del Vaticano y la de la Compañía,
hasta el extremo de subvertir, en 1981, si bien temporalmente, los normales
cauces de designación del Prepósito General. Que hizo decir a algunos que “un
vasco fundó los jesuitas y otro vasco los va a destruir”. Que hizo y hace
tambalear el cuarto voto porque los objetivos del Vaticano van quedando
alejados de las preferencias que impuso la Congregación General N. 32.
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La Casa Generalicia de los
jesuitas está en Borgo Santo Spirito nº 5. A unos 100 metros, en el Palazzo del
Sant'Uffizio, yo tenía mi domicilio y mi despacho. Casi tocaba, desde mi
ventana, la Colonnata del Bernini. Mis ocho años de oficial en el Vaticano
coincidieron con el período del mandato de Arrupe al frente de la Compañía
(1965 – 1981). Alguna vez encontré al Padre Arrupe, siempre con alguno de sus
colaboradores. Nos saludábamos en castellano. A veces nos parábamos a hablar de
algo intrascendente. También en actos oficiales. A diferencia de otros
superiores religiosos, nunca lo vi dentro del Palazzo ni hablando con mis
superiores. Estoy convencido de que evitaba el contacto con los curiales de
cualquier rango. Cuanto quiero referir en este post toca lo oficial y es
indicativo de la singular y excepcional personalidad de Arrupe.
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Década de los 70. Numerosos
sacerdotes y religiosos ordenados in sacris se lanzaron a solicitar la
reducción al estado laical. Un fenómeno in crescendo desde el Concilio.
Millares cada año. Los jesuitas estaban numéricamente a la cabeza de los
demandantes. Fueron unos 8.000. Muchos de ellos, profesores en las numerosas
universidades que la Compañía tiene y gestiona en Estados Unidos de América. La
normativa del Vaticano era y es muy clara. Ningún clérigo reducido al estado
laical podía enseñar en centros dependientes de la Iglesia o de cualquiera de
sus instituciones. Esto valía para niveles primarios, secundarios o superiores.
La prohibición abarcaba a educadores y profesores de cualquier disciplina,
incluyendo las profanas, tales como Matemáticas o Aeronáutica. ¡Y es que se
produciría un escándalo en los alumnos y entre los colegas profesores! Además,
el Santo Oficio exigía el cambio de residencia con el fin de convertir al
ex-clérigo en persona anónima.
El dicasterio donde yo trabajaba
se mueve a base de denuncias. Éstas proceden de los nuncios apostólicos, de los
obispos, de superiores religiosos. Pero también de clérigos o seglares, sin
excluir los delatores profesionales o aquellos que lo hacen por motivos
rastreros, como la envidia o el rencor.
De U.S.A. llegaban numerosas
denuncias. Todos o muchos jesuitas secularizados seguían ejerciendo en los
colegios y en las universidades de la Compañía. Se me encargó la redacción de
las cartas que el Cardenal Seper firmaba y que iban dirigidas al Padre Arrupe.
Cartas normalmente largas. La Curia transmite al Superior General o al
respectivo obispo local cualquier asunto que le competa. Le informa, pide
aclaraciones y reclama eventuales medidas. Suele adjuntarse copia de los
escritos de denuncia.
La curia jesuítica no respondía.
De nuevo, tras una espera de meses, yo redactaba una carta recordatorio.
Finalmente la respuesta llegó. La carta firmada por Pedro Arrupe era brevísima.
Cinco líneas. Algo así: “Eminencia, Hice las averiguaciones correspondientes y
transmití las preocupaciones de la Santa Sede a los superiores provinciales de
USA. Debo comunicar a V. E. que los miembros de la Compañía que componen los
consejos directivos de los diversos centros educativos y universitarios de la
Compañía en aquel país han seguido las directrices de ese Dicasterio, si bien
con resultados no siempre deseados”.
El Padre Arrupe estaba convencido
de la injusticia que suponía la norma pontificia. Me lo confirmó un miembro
destacado de su curia que me distinguió con su amistad. Arrupe había
recapacitado y debatido el asunto convenientemente. Se tomó tiempo para cambiar
los estatutos de las 28 universidades de la Compañía en U.S.A. Lo hizo también
en otros centros superiores y secundarios dependientes de los jesuitas. Dejó en
minoría a los miembros de la Compañía. Los consejos directivos trataron el
problema de los profesores jesuitas secularizados. Prevaleció la mayoría. Todos
los profesores jesuitas permanecieron en sus puestos. Una filigrana de
sabiduría, de prudencia y de astucia. “Jesuita”, esta vez privado de
connotación negativa.
Seguí redactando cartas
transmitiendo a Arrupe nuevas denuncias. Sus escuetas respuestas se hacían
esperar meses. Al final, contestaba lamentando lo que estaba ocurriendo y se
refugiaba en el respeto a las decisiones mayoritarias de los órganos directivos
de universidades y otros centros educativos.
También en otros campos Arrupe se
movía en la frontera. Había aprendido en el Lejano Oriente que es más
importante el hacer que el creer, las obras más que las doctrinas. Al Santo
Oficio llegaban denuncias contra intelectuales jesuitas presuntamente
heterodoxos. Arrupe nunca se precipitaba. No prohibía sus escritos ni los
expulsaba de la cátedra. Buscaba la manera de justificarlos, no precisamente
defenderlos. Al máximo, declinaba en los obispos locales la tarea de ejecutar
las eventuales duras medidas de Roma. Estoy convencido de que respetaba la
libre investigación teológica y de que los dogmas, para él, tenían una fuerte
dosis de relatividad. En una ocasión escribió: “En otros continentes nos
preguntan qué creemos. En Japón se fijan en cómo creemos. En Occidente se pesa
el valor de nuestra ideología desnuda, descarnada. En Japón, se mira si nuestra
vida es coherente con esa ideología, cuyo esqueleto no les interesa apenas”.
Y digo yo ¿No será que esos
japoneses son los auténticos herederos espirituales de los discípulos de Jesús,
emigrados de Oriente Medio en ocasión de la invasión romana del año 70 bajo el
emperador Tito?
Celso Alcaina, teólogo, fue funcionario de la Congregación para la Doctrina de la Fe durante los años del postconcilio.
Celso Alcaina, teólogo, fue funcionario de la Congregación para la Doctrina de la Fe durante los años del postconcilio.

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